Casa piloto de las Portadas hacia 1973 (IA)

Casa piloto de las Portadas hacia 1973 (Original). Foto Manuel Espada Martín.
La casa del fondo era la de la finca LAS PORTADAS. La casa piloto estaba cerca de la Plaza de las Carmelitas, aunque el lugar exacto no lo recuerdo, a pesar de que yo hice la instalación Eléctrica y mi amigo Antonio Santiago Vaquero "El Cancas" (qepd) hizo la fontanería,

Corría el año 1972. Avisado por mi hermana Paqui, que trabajaba como administrativa en una oficina de la calle Virgen de Montserrat, fue despedida unos meses mas tarde sin haber cotizado ningún día, acudí allí con la intención de hacerme socio de una nueva cooperativa de viviendas: Las Portadas. En aquella oficina me encontré con caras conocidas de nuestro entorno, entre ellos Manuel Soria Iglesias y Antonio Zamudio Soto, un guardia civil retirado. Todos éramos, como quien escribe estas líneas, vecinos de la barriada de Valme, popularmente conocida como las Casas Baratas.

El lugar donde se proyectaba la construcción no me era ajeno. Durante el verano de 1971, un primo mío y su familia habían veraneado allí mismo, disfrutando de una casa con alberca. Aquella parcela había pertenecido originalmente a la hacienda Maestre de Los Molinos; más tarde pasó al administrador de dichos terrenos y, finalmente, acabó en manos de una de sus herederas, casada con Francisco Gómez.

Un triángulo de intereses

Este Francisco Gómez —a quien mi madre había acudido tiempo atrás para interceder por la colocación de mi hermana— no solo era el presidente de la cooperativa en aquel 1972, sino también el director de la Caja de Ahorros San Fernando. Para poner en marcha el proyecto, Gómez se alió con un hábil aparejador gallego que venía de ejecutar una operación similar en Alcalá de Guadaíra con la Cooperativa Pablo VI y que más tarde haría lo mismo en la Cooperativa de viviendas Las Infantas

Este segundo personaje, Rafael González Llamas, era el auténtico alma mater de la operación. Aunque formalmente ejercía como Director Técnico, más adelante —con la creación de la otra cooperativa, Las Infantas— se demostraría que González Llamas, gracias a sus influyentes contactos en Madrid, actuaba como el contratista general de la mayoría de las obras. Para ello se valía habitualmente de testaferros o "hombres de paja" que firmaban los contratos y pagarés.

Se encontraron así dos actores con un claro afán de negocio: uno aportaba los terrenos y la financiación desde la Caja de Ahorros; el otro ponía la capacidad constructiva, los medios y las influencias.

Sin embargo, para culminar el plan necesitaban la autorización del Ayuntamiento, ya que se trataba de edificar en una parcela rústica, al otro lado de la autovía Sevilla -Cádiz,  muy alejada del casco urbano que requería un Plan Parcial. Para asegurar el éxito, recurrieron al propio Alcalde, Antonio Muñoz Rivero, abogado de profesión, a quien además encomendaron el cargo de Asesor Jurídico de la propia Cooperativa.

Enero de 1974 La alberca y la caseta del motor. (IA)

Enero de 1974 La alberca y la caseta del motor. Foto Manuel Espada Martín

Casa de campo de la finca Las Portadas. Esta casa con su alberca fue alquilada durante algunos veranos por sus dueños como finca de recreo para el verano por la familia de Francisco Gómez

La especulación y la vida en la Junta de Obras

El suelo rústico original carecía de gran valor, aunque nunca trascendió la cifra exacta por la que se vendió a la cooperativa. El 6 de marzo de 1973 aparece en el Boletín Oficial del Estado la Orden de 24 de Enero su inscripción en el registro Oficial de Cooperativas. El proyecto fue elaborado en julio de 1974 con las obras ya comenzadas y el 6 de octubre de 1975, con las obras muy avanzadas aparece el primer antecedente urbanístico de esta finca.

Si tomamos como referencia la posterior experiencia de Las Infantas, el precio de compra del terreno se incrementó en un mil por ciento al traspasarse a los cooperativistas. Así, las viviendas, que arrancaron sobre plano con un coste aproximado de 350.000 pesetas (unos 2.103 euros), fueron encareciéndose paulatinamente debido a la inflación galopante de la época y a las nuevas exigencias normativas de edificación.

En aquel clima en el que ya empezaban a sentirse los primeros anhelos democráticos, González Llamas constituyó una Junta de Obras que se reunía en la Casa Piloto. Tenía carácter informativo y, cuando interesaba a la dirección, también decisorio.

A esta junta nos unimos voluntariamente varios socios, con o sin experiencia en el sector del bricolaje y la construcción, movidos por el deseo común de mantenernos informados y velar por nuestros intereses. Mi amigo Antonio Santiago Vaquero (q.e.p.d.) y yo interveníamos en los aspectos referentes a fontanería y electricidad, mientras otros compañeros opinaban sobre albañilería o cimentación.

Mucho antes de finalizar las obras, la mayoría ya sabíamos qué vivienda nos correspondería, aunque no faltaron asignaciones "interesadas". Una de las decisiones más trascendentales que se sometió a votación fue el trazado y ancho de los viales del barrio. A pesar de la oposición de varios miembros de la Junta, salió adelante la propuesta de diseñar calles más estrechas para dotar a las viviendas de parcelas de jardín más amplias. Esta opción fue defendida con vehemente ardor por un brigada de la Guardia Civil a quien le había tocado una parcela en esquina con espacio suficiente, incluso, para construir una piscina.

El desenlace: Decepción y realidad del mercado

La instalación de la obra comenzó a montarse a finales de 1973, aunque la Casa Piloto llevaba en pie desde hacía al menos un año. Los trabajos se demoraron mucho más de lo previsto.

No fue hasta junio de 1976 cuando se celebró la única asamblea general de socios que recuerdo. Tuvo lugar en la Plaza de Las Carmelitas, presidida por el propio González Llamas. Allí encajamos el jarro de agua fría: el precio final de las viviendas se había disparado hasta alcanzar los 3.600 euros (unas 600.000 pesetas).

Pese a la decepción que supuso aquel sobrecoste para las familias trabajadoras, la oferta continuaba siendo competitiva en comparación con el mercado de la época. Al mismo tiempo, la inmobiliaria Ramiro Lahoz Abad promovía viviendas similares en la Huerta de Ybarra bajo el célebre eslogan "En Vistazul le despertará el sol", cuyas unidades se vendían ya a más de 5.000 euros.

A pesar de las sombras, los retrasos y las maniobras de sus promotores, así fue como se cimentó el nacimiento de una comunidad y un barrio que forma parte viva de nuestra historia local.

Como estaba previsto en el proyecto original, una segunda fase comenzó a construirse, pero serán otros los que escriban esa historia.

Enero de 1974 Cuando el proyecto era solo un montón de ladrillos. Foto Manuel Espada Martín, 


Autor: Manuel Espada Martín