El lugar donde se proyectaba la construcción no
me era ajeno. Durante el verano de 1971, un primo mío y su familia habían
veraneado allí mismo, disfrutando de una casa con alberca. Aquella parcela
había pertenecido originalmente a la hacienda Maestre de Los Molinos; más tarde
pasó al administrador de dichos terrenos y, finalmente, acabó en manos de una
de sus herederas, casada con Francisco Gómez.
Un triángulo
de intereses
Este Francisco Gómez —a quien mi madre
había acudido tiempo atrás para interceder por la colocación de mi hermana— no
solo era el presidente de la cooperativa en aquel 1972, sino también el
director de la Caja de Ahorros San Fernando. Para poner en marcha el proyecto,
Gómez se alió con un hábil aparejador gallego que venía de ejecutar una
operación similar en Alcalá de Guadaíra con la Cooperativa Pablo VI y que más
tarde haría lo mismo en la Cooperativa de viviendas Las Infantas
Este segundo personaje, Rafael González Llamas,
era el auténtico alma mater de la operación. Aunque formalmente ejercía
como Director Técnico, más adelante —con la creación de la otra cooperativa,
Las Infantas— se demostraría que González Llamas, gracias a sus influyentes
contactos en Madrid, actuaba como el contratista general de la mayoría de las
obras. Para ello se valía habitualmente de testaferros o "hombres de paja"
que firmaban los contratos y pagarés.
Se encontraron así dos actores con un claro afán
de negocio: uno aportaba los terrenos y la financiación desde la Caja de
Ahorros; el otro ponía la capacidad constructiva, los medios y las influencias.
Sin embargo, para culminar el plan necesitaban la
autorización del Ayuntamiento, ya que se trataba de edificar en una parcela
rústica, al otro lado de la autovía Sevilla -Cádiz, muy alejada del casco urbano que requería un
Plan Parcial. Para asegurar el éxito, recurrieron al propio Alcalde, Antonio
Muñoz Rivero, abogado de profesión, a quien además encomendaron el cargo de
Asesor Jurídico de la propia Cooperativa.
La
especulación y la vida en la Junta de Obras
El suelo rústico original carecía de gran valor,
aunque nunca trascendió la cifra exacta por la que se vendió a la cooperativa. El
6 de marzo de 1973 aparece en el Boletín Oficial del Estado la Orden de 24 de
Enero su inscripción en el registro Oficial de Cooperativas. El proyecto fue
elaborado en julio de 1974 con las obras ya comenzadas y el 6 de octubre de
1975, con las obras muy avanzadas aparece el primer antecedente urbanístico de
esta finca.
Si tomamos como referencia la posterior
experiencia de Las Infantas, el precio de compra del terreno se incrementó en
un mil por ciento al traspasarse a los cooperativistas. Así, las
viviendas, que arrancaron sobre plano con un coste aproximado de 350.000
pesetas (unos 2.103 euros), fueron encareciéndose paulatinamente debido a la
inflación galopante de la época y a las nuevas exigencias normativas de
edificación.
En aquel clima en el que ya empezaban a sentirse
los primeros anhelos democráticos, González Llamas constituyó una Junta de
Obras que se reunía en la Casa Piloto. Tenía carácter informativo y, cuando
interesaba a la dirección, también decisorio.
A esta junta nos unimos voluntariamente varios
socios, con o sin experiencia en el sector del bricolaje y la construcción,
movidos por el deseo común de mantenernos informados y velar por nuestros
intereses. Mi amigo Antonio Santiago Vaquero (q.e.p.d.) y yo interveníamos en
los aspectos referentes a fontanería y electricidad, mientras otros compañeros
opinaban sobre albañilería o cimentación.
Mucho antes de finalizar las obras, la mayoría ya
sabíamos qué vivienda nos correspondería, aunque no faltaron asignaciones
"interesadas". Una de las decisiones más trascendentales que se
sometió a votación fue el trazado y ancho de los viales del barrio. A pesar de
la oposición de varios miembros de la Junta, salió adelante la propuesta de diseñar
calles más estrechas para dotar a las viviendas de parcelas de jardín más
amplias. Esta opción fue defendida con vehemente ardor por un brigada de la
Guardia Civil a quien le había tocado una parcela en esquina con espacio
suficiente, incluso, para construir una piscina.
El desenlace:
Decepción y realidad del mercado
La instalación de la obra comenzó a montarse a
finales de 1973, aunque la Casa Piloto llevaba en pie desde hacía al menos un
año. Los trabajos se demoraron mucho más de lo previsto.
No fue hasta junio de 1976 cuando se
celebró la única asamblea general de socios que recuerdo. Tuvo lugar en la
Plaza de Las Carmelitas, presidida por el propio González Llamas. Allí
encajamos el jarro de agua fría: el precio final de las viviendas se había
disparado hasta alcanzar los 3.600 euros (unas 600.000 pesetas).
Pese a la decepción que supuso aquel sobrecoste
para las familias trabajadoras, la oferta continuaba siendo competitiva en
comparación con el mercado de la época. Al mismo tiempo, la inmobiliaria Ramiro
Lahoz Abad promovía viviendas similares en la Huerta de Ybarra bajo el célebre
eslogan "En Vistazul le despertará el sol", cuyas unidades se
vendían ya a más de 5.000 euros.
A pesar de las sombras, los retrasos y las
maniobras de sus promotores, así fue como se cimentó el nacimiento de una
comunidad y un barrio que forma parte viva de nuestra historia local.
Como estaba previsto en el proyecto original, una
segunda fase comenzó a construirse, pero serán otros los que escriban esa
historia.
Autor: Manuel Espada Martín




