En la imagen, hemos señalado en el plano los límites de la huerta de Santa Ana. Al pie de la actual calle Real de Utrera, donde hoy se encuentra la plaza de la Zarzuela y se alzan los pisos circundantes, se encontraba antaño una extensa huerta propiedad de la hermandad de Señora Santa Ana (de ahí el nombre).
Una huerta que fue la finca más importante que tuvo en el pasado la hermandad de la Patrona. Al menos, es la que tuvo más tiempo en propiedad, pues no fue vendida hasta el primer tercio del siglo XIX.
Cómo y cuándo llega esta huerta a manos de la cofradía es algo que todavía ignoramos, aunque debió de ser a finales de la década de 1620. En esa época estaba situada a las afueras de la villa, y, sin embargo, próxima a ella, al final de la calle Real. Muy cerca de la huerta se encontraba la ermita de San Sebastián, sede, como es bien sabido, de la cofradía de la Santa Vera-Cruz.
En el siglo XVII, la huerta era de solería (esto es, de hortalizas y legumbres) y árboles frutales, con dos casas (una de ellas era la vivienda del hortelano), pozo y noria, y una extensión de dos aranzadas. Desde un principio, la cofradía decidió ponerla en arrendamiento, pues era la forma más cómoda de explotarla. Al final de este artículo mostramos un cuadro con la nómina de todos los arrendatarios.
En 1674, a la hora de explotar la finca la cofradía de Santa Ana decidió no utilizar la fórmula del arrendamiento, decantándose por el censo enfitéutico. Y así, el 8 de noviembre de ese año se firmó un contrato entre la cofradía y Pedro Martín del Viso y su mujer, Ana Rodríguez Porrero, mediante el cual la hermandad de Santa Ana entregó la huerta a cambio de que Pedro Martín y su esposa pagaran un tributo redimible de 10 ducados anuales (200 ducados de vellón de principal). En el contrato se fijaron una serie de condiciones que tanto el censatario como la cofradía debían cumplir escrupulosamente. Por ejemplo, Pedro Martín del Viso debía tener siempre reparadas y en perfecto estado tanto la casa como la huerta.
Durante el XVIII, los linderos de la huerta fueron los siguientes: al norte lindaba con la huerta llamada “de la Torre” (que aún se existe), que formaba parte del vínculo fundado por don Tomás Nemesio de Rivas y que pasó después a manos de su sobrino don Tomás Dionisio de Rivas. Al sur con tierras del capitán don Juan de Medina, que más tarde fueron de doña Francisca Pacheco, y en la segunda mitad del XVIII pasaron a ser campo baldío, utilizado como lugar de pasto para el ganado. Al este con el caminillo Real, que es la actual calle Nuestra Señora del Carmen, y, finalmente, al oeste limitaba con la calle Real (hoy Real Utrera).
Y a lo largo del XVIII la huerta de la calle Real tuvo una portada principal con una cancela de madera con tres cerraduras, otras tres puertas de acceso, una casa doblada cubierta de teja (a todas luces la vivienda del hortelano, valorada en 1819 en 2.000 reales), un colgadizo cubierto también de teja, una cocina, una caballeriza y un pozo anoriado con su alberca. En cuanto a los árboles frutales, hablaremos de ellos a lo largo de este apartado.
Curioso fue el arrendamiento de la huerta de 1704: En esa fecha la tomó en alquiler el hortelano nazareno Bartolomé Fernández, y en el contrato, firmado en la escribanía de don Francisco José de Arquellada Berrio, se establecía que Fernández pagaría de renta anual 265 reales de vellón, cantidad que debía ser entregada el día de Santa Ana (26 de julio), «porque an de seruir en la fiesta». Es decir, el dinero del arrendamiento se destinaría a sufragar las fiestas en honor de Santa Ana.
Para 1739, la huerta poseía treinta y cinco naranjos, un limonero, un granado, once pies de sidras, un peral, un membrillo, un olivo gordal, y una morera. Y el Catastro del Marqués de la Ensenada (1751) nos proporciona también datos acerca de la finca. Así, se anotaba que tenía una extensión de aranzada y media (aranzada y cuarta está dedicada al cultivo de hortalizas de regadío, y la cuarta aranzada restante es naranjal agrio).
Andado el tiempo, en 1770 la huerta poseía veinticuatro naranjos, dieciséis moreras y otros árboles (no se especifica la especie frutal ni el número), que rodeaban el pozo y la alberca.
Hacia 1784 o 1785, la huerta vio reducida nuevamente su extensión, pasando a ocupar una superficie de una aranzada (unas cuarenta y ocho áreas). Esto se debió a que en la zona que daba a la calle Real se construyeron varias casas cubiertas de teja. Todas lindaban a las espaldas con la huerta de Santa Ana. Una de ellas era propiedad de Manuel Rodríguez, natural de Alcalá de Guadaíra, y casado con Catalina Ramos, y tenía como cargo un tributo de trece reales y medio a favor de esta Hermandad, y en 1794 fue vendida al nazareno Matías Ponce. Por otra parte, sabemos que en 1819, Manuel Torres, Juan Varela y Francisco Martínez Márquez residían en estas casas.
En esas fechas, la huerta se encuentra en su etapa de máximo esplendor y esto se refleja claramente en el número de árboles frutales, en su variedad y también en la cuantía de la renta a pagar por el arrendatario. Si en 1770 existían en la finca unos cuarenta o cuarenta y seis árboles, poco después, en 1797, esa cifra había crecido hasta alcanzar los ochenta y dos. La huerta contaba en ese último año con veinticinco naranjos (uno más que en 1770), catorce granados, cinco manzanos, tres damascos, un olivo, un peral y un ciruelo. Pero el frutal más abundante en la huerta de Santa Ana en 1797 era la morera, con treinta y dos ejemplares, justamente el doble que en 1770. El presbítero don Juan Vázquez Soriano, en su respuesta al interrogatorio del geógrafo Tomás López, afirma que en las huertas nazarenas «también ay muchas moreras y con ellas cría de espacialísima seda». Ahí está la razón del incremento del número de moreras en la huerta de Santa Ana. Y es que a finales del siglo XVIII, la industria de la seda en Sevilla vivió una época de cierto auge y esplendor. La producción de seda creció considerablemente, y con ella el consumo de hojas de morera, principal alimento del gusano de seda. De esta forma, aumentó la plantación de moreras en la ciudad de Sevilla y en sus alrededores, destacando Dos Hermanas. Por tanto, el cultivo de este árbol en la huerta de Santa Ana estaría encaminado al abastecimiento de la industria sedera sevillana.
Por otra parte, esta finca no se vio afectada por la Desamortización de Godoy (1798), siendo la única propiedad que conservó la cofradía. Sin embargo, en los años finales del reinado de Fernando VII la huerta terminaría siendo desamortizada y vendida a Diego Gutiérrez. Esto tuvo lugar hacia 1829, sin que sepamos más detalles de la operación.
A lo largo del siglo XIX, la huerta pasó a manos de diferentes vecinos de la villa, hasta que a principios del siglo XX, se abrieron en su solar unas dependencias del almacén de aceitunas GÓMEZ VARELA y COMPAÑÍA, llamadas precisamente “el Huerto”. Años más tarde, ya en la década de 1920, se inauguró en ese lugar un cine de verano, que sólo duró una temporada. Y años después abriría allí sus puertas la fábrica de “Saimaza”. 

En la imagen, nómina de arrendatarios de la huerta entre 1639 y 1829.
EL BARRIO DE SANTA ANA
Con este peculiar nombre se conocían a las casas que se levantaron, a finales del siglo XIX, en las actuales calles San Antonio, San Bernardo y Cabo Noval. Tal nombre aparece por vez primera en el padrón parroquial de 1888-1889, y su origen está en la huerta de Señora Santa Ana, que se levantaba en el lugar que hoy ocupa la plaza de la Zarzuela, y que durante siglos fue propiedad de la Hermandad de la Patrona. De esa huerta, por tanto, tomará su denominación, aunque también sería conocido como barrio del “Cerrillo” o del “Cerrillo del Huerto” por las elevaciones que en esa zona existen (visibles sobre todo en la calle San Bernardo).
Por tanto, este topónimo, que se ha perdido con el paso del tiempo, nada tiene que ver con el actual barrio o barriada de Santa Ana.
En el plano actual de Dos-Hermanas, hemos enmarcado con una línea roja el área que ocupa el antiguo barrio de Santa Ana.
Autor e imágenes: Jesús Barbero Rodríguez, 2022, publicado en su página de facebook "Dos Hermanas. Crónicas de un pueblo"

