1955, 27 de noviembre, Miradores de Dos Hermanas que increpan a Sevilla
sábado, 2 de mayo de 2026Aunque parezca extraño, y hasta paradójico, fue un gran sevillano y culto escritor quien esgrimió esta frase en un primoroso y exquisito artículo —como todos los suyos— lleno de florida apología nazarena.
No fue escrito a vuela pluma ni denuncia una traición a su fervoroso sevillanismo. Alejandro Collantes de Terán la sintió como una herida abierta en un instante —un día luminoso y caliente de Dos Hermanas— al alzar sus ojos hacia estos viejos confidentes de los pájaros nómadas, de las brisas matutinas y de la neblina que llena de minúsculas perlas las telarañas de sus capiteles. Fue un momento de melancólica evocación, de protesta si se quiere, pero de plausible protesta, al comparar la conservación de estos miradores nazarenos con el gesto insensible de los sevillanos ante la cruel y apremiante demolición de los suyos, impuesta por nuevas estéticas calculistas y frías.
Mientras este proceso trágico no se convierta en el espantajo de nuestro sueño, vivamos contentos los nazarenos a la sombra de estos viejos vigías de nuestra paz. Porque estos miradores, preciado ornato de nuestras calles y plazas, nacieron en una admirable colectividad para cumplir la noble misión de salvaguardar vidas y haciendas frente a un bandolerismo temerario y contumaz que campaba como diablos sueltos. Nos ofrecen así un alto ejemplo de unidad insólita.
El estilo de nuestros miradores, salvo uno merecedor de mención aparte, responde a una estética primitiva, grácil sin artificios, airosa y evocadora.
El que ilustra este artículo pertenece a este tipo. Su presencia llena de alegre perspectiva el acceso a la calle Conde de Ybarra, visto desde la parroquia. Este, como toda la hacienda, fue propiedad del benefactor don José de Goyeneta. Aquí murió su esposa, doña Dolores de Medina, en un día otoñal de 1834, cuando los vencejos ya no llenaban de estridencias la crujía húmeda y sosegada del molino; cuando el reloj de sol de su patio medía el tiempo sin prisas, ajeno a la fiebre intermitente de la vida actual, mientras el laurel agitaba sus hojas al aire, orgulloso de su destino.
Los nuevos señores de Goyeneta, sus hijos, prodigaron también su generosidad y donaron a la parroquia la capillita de las Ánimas, cuya memoria perpetúa una losa sujeta con clavos dorados. Más tarde, la propiedad pasó a manos del militar carlista don Jesús Legallois de Grimarest, aunque este recuerdo ya no alcanzó a mi generación.
He conocido el ultraje cometido en el frontis de su fachada, al ser despojada del valioso retablo de cerámica con la Virgen de los Dolores.
Desde la Plaza Vieja se descubre la cúpula de azulejos centelleantes del macizo torreón, lindante con la antigua calleja de la Mina. Nos dice Alejandro Collantes de Terán que su arquitectura no parece de raíz árabe, pero que la belleza de sus líneas justificaría su declaración como monumento.
Calle adelante aparece una explanada empedrada y un enorme paredón que sostiene una desmesurada puerta. Su único adorno, que alivia su rusticidad, es un rótulo de grandes caracteres: “Hacienda de la Mina Grande”. La más famosa de las haciendas nazarenas, la que inspiraba respeto y recelo a los labradores que pagaban sus rentas en vellones de plata y cobre a su dueño: el señor del castillo de Dos Hermanas, duque de Fernán-Núñez, conde del Cervellón y marqués de la Mina.
Como contraste al abandono de este caserío, la cegadora luminosidad de la Plaza Nueva nos ofrece el mirador de “El Penil”, esbelto y libre, evocador de recuerdos imborrables. Compite con el de la antigua calle Romera, construido en nuestro siglo por el alcalde don Manuel Andrés, que, como Collantes, sintió la inquietud por conservar estos vestigios nazarenos. Dos torres macizas, que no deben omitirse, completan el conjunto.
Un mirador de mayores proporciones y rancio abolengo se alza orgulloso en la calle Antonia Díaz, adornando una casa solariega. Luce las armas de los Rivas: cruz azul en campo de oro y, en la orla, siete flores de lis de oro sobre campo azul.
Los Rivas, que legaron al pueblo la valiosa Custodia, lograda a fuerza de enterrar trigo en la tierra sedienta, merecieron reposar en la capilla del Sagrario, privilegio que heredaron sus descendientes.
No corrió la misma suerte el mirador de la calle Canónigo, lindante con la de Lamarque de Novoa, que sucumbió a la piqueta demoledora, como tantos otros de Sevilla.
Un torreón —no un mirador— digno de mención es el de la calle Nuestra Señora de Valme, antigua Real de Sevilla. Su modestia ha sido recientemente embellecida por su dueña con un loable espíritu franciscano. Pertenece a la Hacienda de San Antonio, antes llamada “La Misericordia”. Su propietario, el juez Ávila, la heredó de su padre, aquel hombre que enarbolaba frente al Arenal la bandera blanca de parlamento para reclamar tregua en las convulsiones revolucionarias que hicieron temblar el trono de Isabel II de España.
Finalmente, merece atención especial el mirador que corona el gran caserío que se abre en un ángulo de la Plaza Vieja, con su mejor perspectiva hacia los “Cuatro Cantillos” y el callejón de San Francisco.
Este mirador singular está abierto al sol y al aire. Su ornamentación rococó —visible en los retorcidos florones de piedra y en la armoniosa combinación de frontones— se encuentra hoy deslucida por una capa de cal. Comparable a los miradores del Puerto de Santa María y Sevilla (este último en la Puerta de la Carne), tiene su gemelo, lo que sorprendió al erudito sevillano Joaquín González Moreno.
El conjunto fue vendido a mediados del siglo XIX por don Juan María de Maestre a don Miguel Rubio por seis mil reales de vellón, y aún lo conservan sus descendientes.
Otro día me ocuparé de estos caserones exhaustos, que arrastran una existencia melancólica y sienten en sus muros desgajados, como carne viva, el hierro candente de una época ya extinguida.
Vivamos, entretanto, los nazarenos satisfechos con nuestros crepúsculos de profundas oquedades, donde a veces brilla una estrella y la luna dibuja tonalidades insospechadas sobre el mirador, vigilante e incólume, que se resiste a morir pese a todos los imperativos.
Autor: José María Gómez. Publicado previamente en la revista Adelante

