1931, diciembre, Crisis médica en la Lucha Antituberculosa, D. Manuel Andrés Traver, y D. Estanislao del Campo.

jueves, 29 de enero de 2026

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Doctor y Alcalde de Dos Hermanas, D. Manuel Andrés Traver.

Doctor Estanislao del Campo

La lucha antituberculosa no es una obra benéfica sino una obligación de orden social.

Esa premisa tan esencial en los fundamentos ideológicos de la Segunda República llegó muy tarde, no se hizo efectiva en el Sanatorio de El Tomillar hasta septiembre de 1935, cuando el centro fue estatalizado.

Una de las personas más allegada a la Condesa de Lebrija era el médico nazareno Don Manuel Andrés. Él era un conocedor de primera mano de todos los entresijos de la lucha antituberculosa de aquellos entonces.

El dieciocho de junio de 1931, el ministerio de la Gobernación ordenó disolver todas las Juntas Provinciales y Municipales Antituberculosas dependientes del extinguido Real Patronato de Lucha Antituberculosa.

En su lugar se constituyeron Comisiones Gestoras, las cuales se encargarían provisionalmente de la gestión y administración de los establecimientos antituberculosos

El médico nazareno había sido hasta entonces uno de los mejores embajadores de El Tomillar, pero las nuevas formas de gestionar la lucha antituberculosa implantadas por la Segunda República lo marginaron.

Arremetió duramente contra la comisión gestora que gobernaba El Tomillar, sobre todo contra su presidente “el doctor Estanislao del Campo”, al cual acusaba de caciquismo, intromisión partidista e irregularidades administrativas.

Afirmó que todos los cargos y nombramientos venían de Madrid, pero a propuesta de él; y que en su nombramiento como presidente de la Comisión Gestora de Lucha Antituberculosa Provincial se había faltado a los preceptos legales que disponía el decreto de Julio de 1931, el cual demarcaba taxativamente cómo serian elegidos los componentes de esos organismos.

El facultativo nazareno consideraba que se disolvió la Junta de Damas sin disponer de una organización sólida que lo sustituyera, y como consecuencia de ello había habido un descenso importante de los ingresos, comprometiendo seriamente el sustento del sanatorio de El Tomillar.

Don Manuel Andrés elogia a la Condesa de Lebrija, dice de ella que era capaz de obtener dinero de todas partes para una obra que amaba, y cuando no lo había, lo sacaba de su propio bolsillo, que todavía se le debe su buen dinerito.

El médico de Dos Hermanas sabía mejor que nadie lo de las setenta y cinco mil pesetas que el Estado había mandado como subvención para empezar las obras de un nuevo sanatorio en la sierra y que desde el doce de febrero de 1931 estaban en depósito en la Diputación.

Ya se tenían los terrenos, los arquitectos, los planos, los presupuestos, los permisos y los dineros para comenzar la obra de inmediato; la llegada de la Segunda República lo paralizó todo.

Cuando se enteró la Comisión Gestora de la existencia de ese depósito, solicitó al ministerio la disponibilidad de usar ese dinero para invertirlo en las atenciones de la lucha antituberculosa.

Por lo visto, el modo y la forma de uso de ese fondo venia de la superioridad, aunque para el doctor Manuel Andrés lo mejor hubiera sido enjugar la deuda que se había heredado de la Junta anterior.

Así que la mitad de la expresada cantidad pasó a disposición de la Diputación Provincial para hacer obras en el Hospital de San Lázaro. La otra mitad dispuso de ella la Comisión Gestora para hacer arreglos y reformas en el Sanatorio de El Tomillar.

El cargo de director del Sanatorio fue consignado al doctor don Federico Jiménez Ontiveros; y el de director del Dispensario de Capuchinos al doctor Don Alfredo Hernández Diaz.

Don Manuel Andrés, cansado de estar cansado, desiste de seguir peleando el asunto y afirma que, por su parte, se tuviera la seguridad de que, de no ser aludido más, daría por conclusas sus actuaciones en la prensa, desde ese momento para siempre.

No obstante, deja una ventana abierta, afirmando que, aunque no cree que sea preciso, ni tampoco necesaria y muchos menos conveniente su colaboración, podían contar con ella si algún día lo necesitaban, aunque fuese con la misma retribución que antes tenía, cero pesetas.

Autor: Antonio Redaño Ponce